miércoles, 20 de marzo de 2013

Las Naves Quemadas:Jeanne d'Arc










Estaba por suceder: convenció al rey Carlos VII de expulsar a los ingleses de Francia, y éste le dio autoridad sobre su ejército en el Sitio de Orleans, la batalla de Patay y otros enfrentamientos en 1429 y 1430. Estas campañas revitalizaron la facción de Carlos VII durante la Guerra de los Cien Años y permitieron la coronación del monarca. La Doncella de Orleans, tenía los ojos hechos a cobalto para ángeles. Su cuerpo mimbrado, el rostro al ras de obsidiana pura, la barbilla convencida a su victoria. Altiva, como un dios visitando barrios mortales, y transfigurando soledades. Su alma, y siempre era su alma, la que hablaba. Tanto tiempo con el fuego como compañero, en noches, días, explanadas, sensitivos abrazos que la muerte alternaba en una ruleta y le brindaba; ella, lo sabía. Tanto tiempo, y el fuego iba creando su muerte, el fuego, que ella vencía una y otra vez en las rotondas feroces de la guerra. Era inocente, quizá esta palabra pesaba demasiado en su contra cuando la puta inquisición la lanzaba al duelo de los quemados, en una pira rodeada de vítores enfermos, o sollozos en granos de oración, o la caminata de un mundo, bajo un cielo espeluznantemente perdido.

Sus voces, sí, sus voces. Las que escuchaba. Las repetía en la candidez absoluta de las almas felices. «Yo tenía trece años cuando escuché una voz de Dios», declaró Juana en su juicio acaecido en Ruan el jueves 22 de febrero de 1431. El hecho sucedió al mediodía en el jardín de su padre. Añadió que la primera vez que la escuchó notó una gran sensación de miedo. A la pregunta de sus jueces, añadió que esta voz venía del lado de la iglesia y que normalmente era acompañada de una gran claridad, que venía del mismo lado que la voz. Quise estar ahí, junto esa voz que escuchaba, esa voz que desnuda se iba perdiendo en su propia santidad, y después en huella azucarada la poseía. Eran otros tiempos, los del amor verdadero, diría Sofía, aquella andaluza del Albaicín aún con el sudor del palo fuerte de flamenco, sentada en piernas fornidas y buen rostro pulseándose entre mi deseo y su vino. Lo importante no era nosotros, era que en un segundo, un segundo de esos que solamente la soledad aprecia pronunciar, me llevó a una imagen remota, el rostro de Milla Jovovich en la pantalla de televisión; la mirada vencida, la frente trémula, abocada ante el cardenal de la muerte cuyo nombre-a la manera de Cervantes-no quiero acordarme. Milla era Juana, la pura, la doncella, la precisa en el amor divino. Y esa imagen, se me quedó en las letras, las que descasaron o caminaron conmigo.

Y comienzo aquí, con esa nada que hizo a Juana inolvidable. Reconoció la jerarquía de las voces que escuchaba.  Se trataba de la voz de Santa Catalina de Alejandría y de Santa Margarita de Antioquía, las santas más veneradas del momento, si nos atenemos a la iconografía anterior a Juana. Voces que eran un arrobamiento, una contrición; la inducían al desvelo santo de las visiones, a los hombres selectos, a los corceles briosos y los sueños de una nueva Francia. Un ejército en número de júbilo. Después, luego de las batallas de Jargeau, Beaugency, Meung-sur-Loire, y la gloriosa campaña de Patay queda abandonada por Carlos VII “El Delfín” orillada en el calabozo, y lacerada por las preguntas y la palabras bruja, hereje y loca chocando como una cal contra sus sienes que solo piensan el cielo se atrevió a decir que en efecto, fue San Miguel protector del reino de Francia al que vio con sus propios ojos, acompañado de los ángeles del cielo. Arcángel áspero y hermoso en la perfección. Fue él,  en primera voz, quien le ordenó partir para liberar a Francia y así cumplir con la voluntad de Dios.

Lo otro fue la muerte. La sed de tocar a Dios, encontrarse con San Miguel, en un huerto de naranjas, vencer los días inútiles, y volver a cabalgar en su rucio, esta vez en idioma pacífico por las lomas y territorios de una Francia invicta. Así quedaba; no miró atrás, no tuvo miedo, su espíritu vive cerca de nosotros, los que la vimos y la sentimos.

No tengo fecha para quererte Juana, no existe tiempo, y, desde estas letras muy pequeñas percibo esa mirada tallada en cobalto para ángeles, la tuya. Tu aliento sigue en la copa de los árboles, en los juncos a prueba de ceguera, en esos veranos donde se hace irresistible leer discursos contra el encierro. En esos poemas desnudos y trasgresores que joden y causan placer, o en ese silencio de la catedral en hora crucero, donde nada existe, solo el murmullo de un milagro que se va.

Es posible Juana, es posible escucharme en tu voz.


Marioantonio Rosa. 2013
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